Entendiendo al uribista.

Una de las cosas que más me sorprenden de esta  creciente polarización en el país, es las personas de un lado y del otro. Debo confesar que, siguiendo esta lógica dicotómica, yo estoy de uno de esos lados: sin pretensiones de superioridad moral me atrevo a decir que estoy del lado de los que con todas las dificultades del mundo, quiere volver a confiar, reconciliarse, bajar la guardia.

Posicionarme de esta manera implica necesariamente que hay “otros” allá, al otro lado. Unas personas con las que seguramente tengo muchas cosas en común, pero que realmente me resultan extrañas e intrigantes. El grupo más vivible de esos “otros” son claramente los “uribistas”, esos hombres y mujeres que se identifican plena y fervientemente con el pensamiento y accionar del ex presidente Álvaro Uribe Vélez.

Con el paso de los años ser uribista se ha vuelto una postura más pasional y específica. Se tiene un lenguaje compartido, unas ideas sobre el país y sus gobernantes, unos conceptos claros e inamovibles (muchas veces incluso histórica y filosóficamente errados) y, por sobre todo, una verdad absoluta que deben defender. Leerlos en redes sociales es un interesante ejercicio para mí: me ayudan a entender a ese “otro”, entender qué piensa, por qué lo piensa, qué de lo que ellos y yo vemos hace que lo entendamos tan diferente.

Sin embargo, cada vez que leo a alguno de estos seguidores de Uribe me pregunto exactamente lo mismo: ¿Quién es esta persona? ¿Cómo será en su vida diaria? ¿Cómo establecerá sus relaciones personales? ¿Cómo hace para vivir en esa infinita y desbordada desconfianza? ¿Cómo educa a sus hijos? ¿Cómo no enloquece viviendo en este país tan absolutamente amenazante como cree que lo es? ¿Cómo ama?

Confieso que  me afana un poco esa amargura en la que deben vivir por este país absolutamente entregado a las fuerzas oscuras del mal:  yo también la sentiría y no dejo de pensar que debe ser muy feo vivir así.

He pasado mucho tiempo leyéndoles, tratando de entender su lógica de pensamiento y tratando de imaginar las respuestas a todas esas preguntas. Muchos tienen fotos de sus hijos, de sus padres, de su pareja, de sus mascotas. Trato de imaginar si serían capaces de hacerles leer lo que escriben a sus hijos, por ejemplo. Si cuando su pareja comete un error son igual de implacables y desconfiados. Si en su lugar de trabajo creen que hay un complot en su contra. Si sueltan su agresividad con cada persona con la que no están de acuerdo.

Hoy más que nunca no quiero desistir de mi ejercicio: creo que hace que entrene mi empatía, mi verdadera comprensión de lo que significa la diferencia. No espero convertirme en un ser de luz inmune a las emociones que genera el discurso de este “otro”, pero sí quiero seguir reconociendo su  naturaleza humana, eso que nos une ineludiblemente. Estoy segura que ese denominador común es el que hará que algún día nos logremos entender mejor.

 

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